Las Fallas is a vibrant traditional festival celebrated every March in Valencia, marking the arrival of spring and honouring Saint Joseph. At its core are the fallas: monumental sculptures built by local artists using wood, cardboard and other lightweight materials. These temporary monuments often depict exaggerated figures and scenes infused with satire, irony and social criticism, reflecting contemporary political, cultural and everyday concerns.
Throughout the festival, the city becomes an immersive sensory space animated by fireworks, music, street gatherings and the daily mascletà, a powerful pyrotechnic display focused on rhythm and sound. Neighbourhoods play an active role, fostering collective participation and a strong sense of shared identity. The celebrations culminate in La Nit de la Cremà, the night when the fallas are burned in the streets of Valencia, offering a spectacle that mesmerises the eye while awakening, as Gaston Bachelard would say, the “silent permanence of an idolatry”: that of fire.
Within this context, I have developed an ongoing photographic project that aims to document Las Fallas both onstage and offstage. The project focuses not only on the public events, rituals and festivities, but also on the often unseen choreography of gestures, pauses and preparatory processes that precede them, offering a more nuanced visual narrative of the festival and its social and temporal dimensions.
This year, as I photographed the burning of my favourite falla, I could not help but return quietly to Bachelard’s reflections: a source of reverie, fire is a “social being” around which prohibitions are woven and beliefs are shaped; it seems to explain the universe through its contradictions, signifying as much good as evil, Paradise as much as Hell.
Fire fascinates through its connection to both the instinct to live and the instinct to die; the gaze absorbed by the flames reads not only destruction, but also the promise of transformation — the breath of renewal emerging from the ashes. Today, as in the past, in the streets of an urban world, spectators allow themselves to be carried away by a universal drama: rebirth born from destruction by fire. Around me, some watched through their phones, others did not; some filmed, others exclaimed.
When only embers remained, the crowd slowly began to disperse. I moved closer to the places where the ashes bore witness to an immense ending and, at the same time, embodied the promise of transformation.
Las Fallas es una vibrante festividad tradicional que se celebra cada mes de marzo en Valencia, marcando la llegada de la primavera y rindiendo homenaje a San José. En su núcleo se encuentran las fallas: monumentales esculturas construidas por artistas locales con madera, cartón y otros materiales ligeros. Estos monumentos efímeros suelen representar figuras y escenas exageradas cargadas de sátira, ironía y crítica social, reflejando preocupaciones políticas, culturales y cotidianas contemporáneas.
A lo largo del festival, la ciudad se transforma en un espacio sensorial inmersivo animado por fuegos artificiales, música, encuentros en la calle y la mascletà diaria, un potente espectáculo pirotécnico centrado en el ritmo y el sonido. Los barrios desempeñan un papel activo, fomentando la participación colectiva y un fuerte sentimiento de identidad compartida. Las celebraciones culminan en La Nit de la Cremà, la noche en la que las fallas arden en las calles de Valencia, ofreciendo un espectáculo que fascina la mirada y despierta, como diría Gaston Bachelard, la “permanencia silenciosa de una idolatría”: la del fuego.
En este contexto, he desarrollado un proyecto fotográfico en curso que tiene como objetivo documentar Las Fallas tanto en escena como entre bastidores. El proyecto no se centra únicamente en los eventos públicos, rituales y festejos, sino también en la coreografía, a menudo invisible, de gestos, pausas y procesos de preparación que los preceden, ofreciendo una narrativa visual más matizada del festival y de sus dimensiones sociales y temporales.
Este año, mientras fotografiaba la quema de mi falla favorita, no pude evitar volver, en silencio, a las reflexiones de Bachelard: fuente de ensoñación, el fuego es un “ser social” en torno al cual se tejen prohibiciones y se construyen creencias; parece explicar el universo a través de sus contradicciones, significando tanto el bien como el mal, el Paraíso tanto como el Infierno.
El fuego fascina por su vínculo con el instinto de vivir y el instinto de morir; la mirada absorbida por las llamas lee no solo destrucción, sino también la promesa de transformación, el aliento de renovación que emerge de las cenizas. Hoy, como en el pasado, en las calles de un mundo urbano, los espectadores se dejan arrastrar por un drama universal: el renacimiento nacido de la destrucción por el fuego. A mi alrededor, algunos miraban a través de sus teléfonos, otros no; unos grababan, otros exclamaban.
Cuando solo quedaban rescoldos, la multitud comenzó a dispersarse lentamente. Me acerqué a los lugares donde las cenizas daban testimonio de un final inmenso y, al mismo tiempo, encarnaban la promesa de transformación.
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